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Dicen que “El Filógelos” (del griego ‘amante de la risa’), una recopilación de chistes en lengua griega, es la más antigua de este género hoy conservada. Pero es seguro que el chiste es mucho más antiguo, debió nacer el mismo día que nació el lenguaje y dos días después de que naciera la Risa.

En todas las sociedades que la Humanidad ha tenido, la risa ha sido necesaria, se ha cultivado siempre porque nos aleja del llanto y por el estado de felicidad y relajación que se experimenta después de un rato de carcajadas. Todos los países han cultivado y cultivan este generillo literario que es el Chiste. Es universal, pero es en España donde se sigue dando en abundancia, tanta que hoy estamos considerados una potencia en estas artes y esto tiene su explicación.

En España, desde los tiempos de Séneca, pasando por el siglo de Oro donde brillan como tal, y hasta nuestros días, el español ha sentido predilección por la literatura epigramática, es decir: pequeños textos generalmente en verso, que contienen pensamientos y reflexiones de tipo moral, filosófico o satírico y humorístico. Juan de Iriarte, un famoso epigramista del siglo XVIII lo definió muy bien usando la misma forma del epigrama:

A la abeja semejante,
para que cause placer,
el epigrama ha de ser
pequeño, dulce y punzante.

En la literatura barroca española el epigrama fue muy utilizado al ser una forma apropiada para la exhibición cortesana del ingenio. Esto era muy importante en aquella España imperiosa de muy pocos muy ricos, y muchos y muy pobres. El Arte era casi la única escalera social que tenían los “juan sin tierra” para colarse en esos ambientes de abundancia cortesana. Esto generó una inmensa cantera de escritores, pintores, poetas, bufones… que acabó por brillar en lo que hoy llamamos el gran siglo de oro de la cultura española. Todos los grandes escritores desde el conceptista Baltasar Gracián y su colección de epigramas “Agudeza y arte de ingenio”, pasando por nuestro crápula superlativo Juan Rufo y sus seiscientos apogtemas (otra forma de llamar al epigrama) hasta llegar a los grandes príncipes  literarios del siglo. Todos cultivaron estas “Sabrosidades de mesa y molicie” como ellos los llamaban y que acabarán por definir al popular chiste que hoy, igual que ellos hace siglos, seguimos contando en reuniones y tabernas.


Díganme si no les parecen verdaderos chistes estos dos pequeños epigramas de Pedro Calderón de la Barca.

Preguntábale a un hijuelo
una madre: -Fulanico,
¿qué quieres? ¿Huevo o torrezno?
Y él le dijo: -Torrezno madre;
pero échele encima el huevo. 

Remendaba con sigilo
sus calzones un mancebo.
Yo, que le acechaba, vilo,
y pregunté: -¿Qué hay de nuevo?
Y él respndió: -Solo el hilo.

Y este de Francisco de Quevedo que podría considerarse el primer chiste verde de la literatura española.

(A Muñiz)

Tan grande tu miembro sueles
empinar ¡oh buen Muñiz!,
y es tan grande tu nariz,
que enderezando lo hueles.

O este otro también de Quevedo, que recuerda muy mucho a aquel viejo chiste del catalán, que viendo en su copa un mosquito, lo saca de ella y le dice amenazante: ¡vomita lo que te has bebido!

(Al mosquito del vino)

Mota, borracha, golosa,
de sorbos ave luquete:
mosco irlandés del sorbete,
y del vino mariposa.
De cuba rara vinosa,
liandre del tufo más fino,
y de la miel del tocino
abeja supla mosquito:
yo te bebo y me desquito
lo que me bebes del vino.


Imagínense las carcajadas de los contertulios, ante el derroche de ingenio del contador de historietas. Pero ojo!, el chiste es cosa seria y nada fácil para los que aprenden nuestra lengua. Reírse con nuestros chistes supone un altísimo nivel de comprensión del idioma, pues el chiste usa figuras gramaticales complejas como la onomatopeya, los giros semánticos, elipsis, anáforas… que vienen del siglo de oro y que un forastero, por muy bien que hable nuestra lengua, es casi seguro que no pille la gracia de la mayoría de nuestros chistes. El chiste es nacionalista y en ocasiones localista. Es muy posible que si escuchas un chiste de un alemán o un francés, no te hagan ninguna gracia, pues no llegues a enterarte de la cuestión. Así que un consejo: guarda tus chistes para tus paisanos y evita contarlos cuando en el grupo hay gente de otros países, seguramente no les haga ninguna gracia.

 


Otra obra de Yue-Minjun


 

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