Eduardo Zamacois pertenece a una saga de artistas vascos pero nace en Cuba, por lo que mantendrá dos nacionalidades. Zamacois es un fecundo escritor que tiene entre sus temáticas favoritas la literatura erótica. Este escritor, editor y periodista, tiene 25 años en 1898; 55 en 1927 y más de 60 cuando tiene que exiliarse a toda prisa de la España fascista. Volverá cerca de los 100 años ya en una caja de pino.

Yo le quiero traer aquí por un pequeño libro en el que relata su paso breve por Córdoba. Pero aun siendo breve, Sus descripciones de algunos tópicos cordobeses son de una puntería asombrosa. Quizás se deba a su infancia pasada en Sevilla, o a su primera mujer; una modistilla hija de un zapatero andaluz. Puede que provenga de la influencia de los hermanos Romero de Torres, amigos y cicerones de su visita a la ciudad. Yo me inclino por esta última, y en las frases que pongo a continuación tengo la sensación de leer al mismísimo Enrique.

SOBRE EL ALMA DE CÓRDOBA
El alma encantadora de Córdoba es contemplativa, perezosa y alegre; la callada capital de los antiguos Omeyas es a la vez dulce y fuerte; con una blandura que no excluye la fortaleza, con un vigor que no se opone a la cordialidad ni a la gracia de la sonrisa. Tumbada a orillas del Guadalquivir y adormecida por la fragancia nupcial de sus naranjales, Córdoba siente aún profundamente el quietismo, todo desdén, de la filosofía árabe.
«¿Por qué corres?», parece preguntarle la ciudad al río.
Y a los trenes : «¿Por qué llegáis tan de prisa, si en seguida habéis de marcharos? Venir o irse... andar o estarse quieto... ¿no es lo mismo?...»

EL FRÍO Y EL CALOR
La afirmación «en Córdoba no hace frío», es, de consiguiente, el único sistema de calefacción empleado aquí. Si los remotos fundadores de la ciudad la hubiesen construido pensando' en el invierno, los cordobeses de ahora, año tras año, desfallecerían de calor. Pero ocurrió lo contrario; la dispusieron para defenderse del sol, y durante centurias y centurias sus habitantes tiritan de frío.
«Ya pasará esto», piensan. Y no se mueven. ¡Oh, país admirable, país dulce y pasivo y a su modo sabio, quizás más que otro ninguno, en donde el Tiempo no se lleva las cosas!...

LAS CALLEJAS
La llegada de la noche aumenta el interés inmóvil y silencioso de la vieja ciudad. Las casas, con sus cancelas y sus patios de mármol blanco alumbrados por un farol, parecen capillas; las calles, limpias y angostas; las calles ariscas, nerviosas, terriblemente convulsionadas, se entrecruzan y retuercen como raíces. Es muy raro caminar en línea recta más de ocho o diez metros.

LA MEZQUITA
¿Cómo acometer la empresa de describir una obra, de la cual ni aun la fotografía tan justa, tan sincera, tan sobria, puede darnos idea exacta?... Porque no es solamente la arquitectura, es decir la línea, lo que impresiona y rinde el ánimo: son también, juntamente con ella, el silencio, la luz, el frío, la emoción de fatalidad disuelta en el aire, lo que sigilosamente va ganándonos y oprimiéndonos el corazón.

EL CIPRÉS Y LA PALMERA
El ciprés cristiano ruega, suplica y aguarda; el ciprés clava en el cielo su fastigio* agudo, y espera ser oído; el ciprés lucha, llama, procura; es la oración. Pero la palmera, amada del árabe no combate; sus ramas abiertas, plácidas, rendidas al poder igualatorio de la gravedad, perdieron la esperanza. El viento que las mece al desmayar la tarde, viene de Oriente. Nunca el sol saldrá a media noche; nunca las aguas de los ríos remontarán su cauce; y como el sol, y como los ríos, el humano destino. Las palmeras lo saben: «¿Para qué — dicen,— para qué te afanas, si no conseguirás modificar ni en una tilde la ordenación eternal de lo que ha de ser?


SOBRE EL FLAMENCO
Los bailes «flamencos» son como la arquitectura árabe, como las calles, cordobesas, donde la observación más escrupulosa no hallará jamás dos vías, ni dos fachadas, ni dos aleros, ni dos rejas iguales. En estas viejas ciudades, la belleza está en lo arbitrario; todos son recodos, ángulos, sorpresas; todo aparece fragmentado, laberíntico. Si una casa adelanta, la que le sigue retrocede; ésta tendrá un color y la contigua otro; aquí habrá una ventana, allí un balcón. El arte morisco temía repetirse, y su sed de variedad, de diversidad, era infinita.


De Córdoba a Alcázarquivir : tipos y paisajes de Andalucia y de Marruecos, 1915-1921
Zamacois, Eduardo, (1873-1971)
Publicado en 1921
https://archive.org/details/decordobaalcazar00zama/page/18


 

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