Vista aérea del Monte Testaccio en Roma.

En Roma al sureste de la ciudad y al sur de la colina Aventino, se encuentra una pequeña colina a la que llaman Monte Testaccio. Una construcción única y peculiar  que da cuenta de la influencia de España en la historia de Roma. Y más concretamente de la influencia de Andalucía.

Testaccio (Palabra que deriva de la latina testa, que significa ‘fragmento de cerámica’) tiene una altura de 54 metros, una circunferencia de más de 1 km de diámetro, fue construido con más de 40 millones de fragmentos de ánforas de aceite. De estas ánforas casi el 85% proceden de una única provincia, la Bética, el resto lo componen ánforas procedentes del África proconsular y de la Tripolitania. Literalmente podemos decir que esa “octava colina romana” es tierra andaluza, pues esos fragmentos de barros y terracotas están moldeados de lodos del Guadalquivir y del Genil y cocidos a sus orillas. Las inscripciones talladas con cálamo en el barro aún fresco del ánfora incluyen masivamente los nombres de Hispalis, Corduba y Astigi. (Sevilla, Córdoba y Écija).

Durante mucho tiempo se creyó que aquellos fragmentos eran parte de una montaña funeraria, también se especuló con que el gremio de alfareros romanos estuviera ubicado ahí. Es a comienzos del siglo XX cuando los estudiosos empiezan a descifrar las etiquetas, sellos estampados y marcas que muchos de los cascotes llevaban, descifrando así la verdadera historia de esta sorprendente montaña.

Restos de ánfora en la superficie del Monte Testaccio.

Gracias a estas inscripciones, hoy parcialmente estudiadas, sabemos la ruta de este oro verde que partiendo de la Bética, era enviado en una cadena contínua a las grandes urbes del Imperio. Los alfares y muelles de carga estaban situados a orillas del Guadalquivir y del Genil, aún quedan restos de estos en las orillas de Almodóvar o Posadas. Aquí se embarcaban en grandes barcazas que lo transportaban hasta Hispalis, donde se trasegaban a embarcaciones más grandes que cruzarán el Mediterráneo. Todos dejaban huellas en la superficie de las ánforas, desde el alfarero a los impuestos que estas pagaban por los pasos de los puertos.

El aceite bético llegaba al puerto de Ostia y de allí, remontando el Tíber en barcazas, al puerto fluvial de Roma. Cada producto solía tener una zona particular para atracar las embarcaciones. En el caso del aceite de oliva, las salsas y el vino solían desembarcar a la altura del hoy llamado barrio Testaccio.

Al desembarcar las ánforas, éstas eran vaciadas en almacenes y carros con odres de piel de vaca y las ánforas vacías eran arrojadas a un vertedero que después de tres siglos se convirtió en una pequeña colina artificial, el Monte Testaccio. El retorno del casco no era viable, pues los barcos volvían cargados de otras mercancías que se demandaban en las provincias, por lo que las ánforas eran de un solo uso.

Esa inmensa cantidad de metros cúbicos de trozos de ánforas da idea de la importancia estratégica del aceite de la Bética para el Imperio Romano. No solo era alimento, medicina, cosmético o conservante, era, y esto es más importante, la energía que iluminaba todas las ciudades romanas. El aceite era entonces tan vital como hoy lo es para nosotros el petróleo. ¡No iba a ser grande la montaña!

 

LAS ÁNFORAS

La producción de las ánforas era sencilla, las asas ayudaban en su manejo y eran fáciles de transportar en los barcos. Para el aceite su forma era redondeada y de un tamaño considerable. Cargadas de aceite pesaban unos cien kilos. Lo más sorprendente de estas y que quizás te haya llamado la atención, es que ninguna tiene base para apoyarlas, ni las de aceite ni las de vino que son más altas y estrechas. Pero esto tiene su explicación, esta forma era la idónea para largos viajes en barco, que es para lo que se construyen. Tendrán en el trayecto que atravesar tormentas y grandes oleajes que pueden ser catastróficos para tan frágil carga. Era importante que estas no se movieran ni chocaran entre sí con los embates del mar. Para ello las bodegas se cubrían con una base de arena y en ella se enterraban parcialmente la parte cónica inferior. Equidistantes y separadas se conformaba así la primera capa de ánforas. Después se rellenaba con paja hasta casi cubrirlas y en los huecos entre unas y otras se colocaba otra capa de áforas, y así hasta llenar la bodega lo que garantizaba que la mercancía atravesase el Mediterráneo sin sufrir percances. 


Esta actividad continuada durante siglos es la que ha conformado esta colina romana hecha literalmente de tierra andaluza. Por cierto que esta zona de Roma hoy está de moda y concentra multitud de bares y restaurantes. Alrededor del Monte están las discotecas y locales de música más punteros de la ciudad.


 

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