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Sin duda alguna la Mezquita de Córdoba es el centro patrimonial de la ciudad. Importante por muchos motivos: por ser el edificio en uso más antiguo de España, por ser una fusión de grandes civilizaciones, por ser un icono mítico para el mundo islámico... y también arquitectónicamente es toda una referencia que provoca y atrae la mirada de la práctica totalidad de los arquitectos de todo el mundo.

Para comprender este justificado interés, debemos ser muy conscientes de que este edificio, o al menos su diseño tiene la friolera de más de un milenio de antigüedad. La Mezquita de Córdoba se construye y planifica hacia el año 760, en esa época en la península empieza a florecer un protorománico alejado por siglos de olvido de la innovación arquitectónica romana. Se construye toscamente espacios que requieren mucha piedra en la base del edificio, para sustentar con solidez las pequeñas cubiertas que los rematan. El aspecto de estos primeros templos románicos, contemporáneos de nuestra Mezquita, no distan mucho en su bulto de las navetas mallorquinas construidas en el segundo milenio antes de Cristo.

Frente a esto, la Mezquita de Córdoba supone una innovación jamás vista y que cualitativamente supone un avance arquitectónico de tal magnitud que quizás no haya habido un salto tan grande desde entonces. Al contrario de la arquitectura románica donde grandes masas de piedra se apilan en la base del edificio y se van estrechando reforzadas hasta llegar a las cubiertas, en el templo cordobés las estructuras de piedra se elevan y comienzan cercanas al techo, sustentadas por una estructura de columnas que permiten un espacio interior diáfano y enorme nunca visto. Veamos cómo se hizo.

El espacio interior conocido como “el bosque de columnas” es la esencia innovadora de este edificio. Podríamos decir que el arco de herradura es el arco más netamente español de todos los usados en arquitectura. De origen visigodo, sus primeros ejemplos se encuentran mayoritariamente en España. Los árabes lo copian en la Basílica de San Vicente, espacio sagrado cristiano que ocupaba el espacio que hoy ocupa la Mezquita, y que antes de su destrucción fue de rezo compartido durante algunas décadas. Los arcos de herradura en la Mezquita de Córdoba, si bien no cumplen una simple función decorativa, tampoco son parte fundamental de la estructura general, ya que su función se remite a ser un elemento de entibo (puntal, viga), mientras que los arcos constructivos propiamente son los semicirculares (de medio punto) que van en lo alto.

Pero lo que realmente supone una innovación es la manera de construir los pilares para con el menor punto de apoyo conseguir la mayor superficie cubierta. Esto se consigue aumentando de abajo a arriba la superficie de apoyo donde descansarán las cubiertas, a través de sus elementos modulares. Veamos, empezando por la base este interesante sistema.

La basa, cuando la hay, pues no todas las columnas la tienen, sirve en muchos casos para calzar y nivelar los pilares, ya que al ser de acarreo los materiales, estos tienen distintas alturas. Sobre la basa van los estilizados fustes de las columnas que están rematados con capiteles también reciclados de monumentos romanos y visigodos de la ciudad. El capitel es el primer elemento que amplia la superficie de apoyo. Sobre este se coloca el cimacio con forma de tronco piramidal invertido consiguiendo ganar más centímetros de apoyo. Encima del cimacio arranca otra innovación de la Mezquita de Córdoba, una especie de ménsula con nombre propio: El modillón de rollo que permite construir sobre él un pilar de una anchura considerable. Este sujeta las impostas del arco de medio punto que están voladas mediante un chaflán y que suponen también una innovación, que da por fin el ancho de más de un metro necesario para soportar las dos aguas de las cubiertas y el drenaje de las aguas, tallado en las últimas piedras de este pilar. Aguas que no vertían al patio, si no que eran recogidas en dos grandes aljibes construidos en el subsuelo del patio de los Naranjos, de los que aun existe uno, para su posterior uso en riegos.

Con todo este proceso se ha conseguido un espacio diáfano de gran tamaño y sin apenas interferencias visuales. Aun hoy, 1200 años después, sigue sorprendiendo la creatividad y gracilidad de esta ingeniosa obra. Tengamos en cuenta que el ancho de las naves, con algunas salvedades, es de siete metros.


 

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