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Ya en otro artículo anterior hemos hablado de la tabla de la Anunciación de Pedro de Córdoba que se exhibe en la Mezquita-Catedral. En ese artículo mencionábamos de pasada a otro importante pintor cordobés, Bartolomé Bermejo, que en el siglo XV desarrolla su actividad en los reinos de Valencia, Aragón y Zaragoza llegando a ser la figura capital de Cuatroccento catalán.

Poco se sabe de las biografías de estos artistas cordobeses, pues han permanecido en cierto olvido durante siglos y es ahora cuando se están reconstruyendo de forma casi arqueológica sus pasados y las autorías de sus obras que aun se hayan en discusión en algunos casos. En el paso del siglo XIX al XX la museística germina en todo el territorio español, y es esta la que despierta el interés por estas antiguas obras que en muchos casos permanecían olvidadas y deterioradas en viejos almacenes.

Es Enrique Romero de Torres como conservador entonces del recién creado Museo de Bellas Artes de Córdoba, y siguiendo la estela de su padre Rafael Romero de Barros, el que profundizará y aportará datos sobre estos, entonces, desconocidos genios cordobeses. Es a principio del siglo cuando se despierta el interés sobre ellos y los expertos comienzan a recabar información, a averiguar que pinturas pueden ser adcritas a qué autor. Comienza un debate que todavía no ha terminado y en el que participa de forma activa, como no podía ser de otra forma tratándose de pintores cordobeses, nuestro conservador y elemento capital de nuestra cultura D. Enrique Romero de Torres.

Me he permitido transcribir aquí un artículo que Don Enrique publicó en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones en 1908 donde da cuenta de sus pesquisas hasta la fecha. Para que os hagáis una idea de los que se sabía entonces y lo que ahora sabemos, os diré que el cuadro de Santo Domingo que encabeza este artículo y que es una de las obras principales de Bermejo, vio la luz y fue identificado de su autoría en 1920, 12 años después de la publicación de este artículo.

El texto está transcrito tal cual para que quede así digitalizado en las redes y facilite su lectura. Yo solo aporto la búsqueda de las imágenes de los cuadros que D. Enrique cita y que en ese momento eran de muy difícil localización como bien comenta él en su artículo. No ha sido fácil encontrarlos pero ha valido la pena por ver el artículo tal y como a D. Enrique le hubiera gustado publicarlo.

Deciros por último que en el Museo del Prado, del 9 de octubre al 27 de enero de 2019, podrá verse la exposición "Bartolomé Bermejo", que permitirá además comtemplar por primera vez el virtuosismo técnico y el sugestivo universo visual de este maestro de origen cordobés que desarrolló su actividad profesional en los territorios de la Corona de Aragón. Una ocasión única para ver la gran obra de este genio cordobés.

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LOS PRIMITIVOS CORDOBESES
Pedro de Córdoba y Bartolomé Bermejo

Al finalizar en Italia el siglo XIII, la pintura se emancipa de la imitación servil y estéril del mosaico, y sigue la innovadora escuela del Giotto, que, sin apartarse de lo que á la sazón constituye el ideal cristiano, proclama la importancia de la forma, retrocediendo á la observación de la naturaleza, por largo tiempo olvidada.

El nuevo arte abre dilatados horizontes y lo propagan por espacio de una centuria los Orgagna, Gaddi, Giottino, Spinelli, Juan de Melano y otros discípulos famosos del ilustre florentino, hasta el beato Angellico, alcanzando nuevos triunfos, los cuales, sin traspasar la sencillez cristiana, contribuyen al esplendor de la religión; pero avasallado en el siglo XV por el naciente amor á la antigüedad clásica y por el estudio de la arqueología, apartándose gradualmente de las conveniencias místicas y seducido por la voluptuosidad gentílica, amenazaba olvidar la tradición religiosa echándose en brazos del sensualismo.

Aquel arte idealista, impregnado de férvido misticismo, que en concierto con la forma imaginó las obras de Giunta de Pisa, Taffi, Cimabue y el seráfico monje de Fiésole, y en arquitectura creó aquellos admirables monumentos en cuyos muros dejaron grabada la acendrada fe de la sociedad cristiana de la Edad Media, iba desapareciendo dolorosamente, arrollada por las revolucionarias tendencias de un naturalismo apasionado.

Pero este espíritu invasor de las nuevas doctrinas al introducirse en la católica España, que durante siete siglos había peleado tenazmente por restablecer el imperio de la Cruz, hollada por la Media-luna, lucha por arraigarse en nuestro suelo, y aunque al fin vence, no obstante convierte el arte en auxiliar poderoso de la Religión y más obediente al ideal místico que á la verdad naturalista de la restauración pagana.

A la pléyade de artistas nacionales que al declinar el siglo XV conservan la pintura española, en íntimo consorcio con la tradición cristiana, inspirada en el más acendrado misticismo, cumpliendo la misión que le imponían las austeras creencias de la época, pertenecen estos dos grandes pintores cordobeses, Pedro de Córdoba y Bartolomé Bermejo, los cuales ocupan lugar preferente entre los primitivos españoles, y quienes, como Sánchez de Castro y Gonzalo Díaz en Sevilla, pudiera decirse que son los progenitores de la escuela cordobesa.

Desgraciadamente no se conocen datos biográficos de estos artistas meritísimos. Entre los doctos, solamente Ponz, en sus Viajes, se concreta á mencionar la magnífica tabla de La Anunciación, firmada por Pedro de Córdoba, existente en la Catedral y por cierto en deplorable estado de abandono. Cean Bermúdez se limita á copiar dicha noticia en su Diccionario; pero tanto este escritor como el anterior, en unión de Pacheco y Palomino y de otros eruditos, nada dicen de la existencia de Bartolomé Bermejo, hasta que Piferrer, en su tomo de Recuerdos y bellezas de España, en el año de 1839, descubre á este gran artista cordobés como autor de la famosa tabla La Piedad, que hoy se admira en la sala capitular de la Catedral de Barcelona, y del proyecto de la vidriera que está en la capilla bautismal del mismo templo.


Pedro de Córdoba, en cuyo estilo pueden apreciarse todavía marcadas reminiscencias bizantinas, florece en 1475, y es anterior á Bermejo, pintor más naturalista en la tabla de La Piedad, ejecutada en 1490; y es anterior también á Alejo Fernández, á quien mal pudo imitar, como erróneamente afirma D. José M. Tubino en su libro Murillo, puesto que Alejo floreció en 1508 á 1525; pudiéndose suponer más bien que éste estudiara á aquél en el tiempo que residió en Córdoba.

En el año de 1888, mi difunto padre, D. Rafael Romero Barros, en el Ateneo cordobés, leyó una Disertación sobre la influencia de las Escuelas Italiana y Germánica en la Península, representada en la tabla de la Anunciación de Pedro de Córdoba, que publicó la Prensa local y creo vió también la luz pública en el Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En dicho trabajo literario hace una critica minuciosa de la mejor obra que hasta ahora se conoce de este artista ilustre; señala su importancia y la gran influencia que ejerció en la pintura andaluza de su tiempo, y descubre además en dicha obra los retratos de Pedro de Córdoba y del canónigo donante D. Diego Sánchez de Castro, los cuales, en traje talar, aparecen en primer término, arrodillados á derecha é izquierda, respectivamente, de la composición, y entre ambas figuras un letrero con caracteres monacales á la altura de las manos del autor, que dice: «Pedro de Córdoba, pintor.»

En el Museo Provincial de Pinturas de Córdoba existe una hermosa tabla que, sin duda, formó parte de algún retablo, original de este artista benemérito. Representa á San Nicolás de Bari de cuerpo entero, revestido de pontiflcal, empuñando en la diestra lujoso báculo y con la siniestra sosteniendo un códice abierto; sus ricas y angulosas vestiduras están exornadas con pedrería y brocados de buen gusto, destacándose la santa figura sobre precioso fondo carmesí recamado de elegantes labores estofadas. Posee una tabla, con la Arma de este autor, muy repintada, que representa un San Sebastián de medio cuerpo, nuestra distinguida amiga la Srta. Margarita Fernández de Córdoba.


En la galería de los herederos del Sr. López Cepero, en Sevilla, también existe un interesante cuadro, cuyo asunto es: La adoración de los pastores, firmado así: «Pedro, hijo de Iván de Córdoba.»


Y en la importante Revista francesa La Revu de l’Art hemos visto la reproducción de otra magnífica obra de este pintor: Cristo y las Marías, de la colección Pacully, cuyas figuras, de largas proporciones y pequeñas extremidades, y de rostros enjutos y expresivos, hacen recordar al Greco, el cual hubo de inspirarse sin duda alguna en los pintores de esta época.


El Sr. Ramírez de Arellano (D. Rafael), en su Diccionario de artistas cordobeses, dice que hay una tabla de Pedro de Córdoba en la Catedral de Barcelona, aunque no la conoce. Cuando hace dos años yo visité aquella histórica basílica, no vi esta tabla, cuya existencia hubiera tenido suma importancia para venir á comprobar la emigración de algunos artistas cordobeses á Cataluña á fines del siglo XV, como supone el Sr. Sampere y Miquel en su obra Los cuatrocentistas catalanes, para justificar la presencia allá del pintor cordobés Bartolomé Bermejo.


La labor de Pedro de Córdoba debió ser grande; pues según Tubino fué el propagador de la pintura religiosa en varias provincias andaluzas, y es de suponer con fundamento que produjera muchas más obras, las cuales, ignoradas, permanezcan anónimas ó atribuidas á otros autores, pues esto es muy frecuente entre pintores primitivos, ó hayan ido á enriquecer galerías ó museos extranjeros como las dos tablas suyas que había en la iglesia de San Nicolás de la Villa, las cuales se vendieron en Córdoba hace muchos años.


No es de extrañar, pues, que en estos tiempos que corren de regeneración, en que toda nuestra riqueza artística va desapareciendo desgraciadamente de las iglesias y Catedrales de España, unas veces por estúpida ignorancia y otras por censurable codicia, nos den á conocer de allende los Pirineos la existencia de muchos artistas ignorados en su Patria, y cuyas obras, conservadas con entusiasmo y orgullo, sean objeto de concienzudo estudio y de elevadas controversias en el campo de la crítica, al objeto de inquirir noticias y datos fehacientes que vengan á comprobar la verdadera filiación de cualquier obra de arte.


Tal sucede con las obras del pintor cordobés Bartolomé Bermejo, que han sido objeto recientemente de ruidoso debate en las revistas francesas é inglesas, muy en particular acerca del San Miguel con el donador, existente en la colección Vernher, de Londres, que reprodujo en el número 47 de Noviembre del año anterior Les Arts, y que procede de Thous, pueblo de Valencia, en cuya iglesia se conservaba hace años.


Este cuadro está firmado por Bartolomeus Rubeus, y como de escuela francesa había figurado en la Exposición de Primitivos franceses, celebrada en París en 1905.

¿Era este el artista cordobés Bartolomé Bermejo autor del notable cuadro que hemos mencionado de La Piedad, firmado en 1490, existente en la sala capitular de la Catedral de Barcelona?

El distinguido literato catalán Sr. Casellas salió á la palestra y propuso la afirmativa, suponiendo que Rubeus es una traducción latina del apellido español Bermejo, aceptándola y rectificándose á sí mismo el ilustre crítico inglés Herbert Cook, y la apadrinó también el crítico francés L. Dimier, que hasta entonces había permanecido en una prudente reserva. El docto profesor de la Facultad de Letras, Emile Bertaux, sostuvo que Ruheus es español y que puede ser y es verosímil que sea el mismo Bartolomé Bermejo. Demuestra lo primero, sin réplica posible, por la forma española de la letra r de la firma: la erre perruna de la paleografía española.

Y en la importante revista Cultura Española, el ilustrado publicista D. Elias Tormo hizo atinadas observaciones acerca de que no coincidían el estilo de San Miguel con el de La Piedad — que por cierto pasó bastante inadvertida en la Exposición del Centenario de Colón — , aunque el donador y el mismo San Miguel de Ruheus denotaban que era una obra estrictamente española y con mucha analogía al de Juan Núñez de Sevilla, cuyo San Miguel era muy parecido al que se conserva en la colección Vernher, por lo que pudiera ser del primer estilo de Bartolomé Bermejo.

En el interesante libro publicado recientemente por el Sr. Sampere y Miquel, intitulado Los cuatrocentistas catalanes, le dedica gran parte á Bartolomé Bermejo y hace un detenidísimo estudio crítico de sus obras — que divide en dos grupos — existentes en España y en el extranjero y de algunas otras que le atribuye, quizá con más entusiasmo que exactitud, según puede observarse por la mera comparación de las hermosas fototipias que avaloran tan notable libro, como La Piedad y La vidriera, de la Catedral de Barcelona; Santa Faz (Museo Episcopal de Vich); La Santa Faz (colección de D. Pablo Bosch, Madrid); La Santa Faz 2, escuela de Bermejo (colección ídem); Santa Engracia (colección del Sr. Gardiner, Bostón E. V.); La Piedad, de Villeneuve-les-Avignon (Louvre-París); San Miguel (colección del Sr. Vernher, Londres); San Miguel (Museo de Avinyó, Francia); La Anunciación (Museo ídem), y Ecce-Homo, de Abysinia (colección de D. Ricardo Gimes, Londres).

El Sr. Sampere y Miquel, ya hemos dicho anteriormente no se explica de otro modo la presencia de Bartolomé Bermejo en Barcelona en 1490 que en la emigración de artistas cordobeses á la ciudad condal para la construcción del monasterio de San Jerónimo bajo la protección de Pere de Tous el Mozo. Cree que esto lo justifica la presencia allá de los cordobeses Jaime y Alfonso de Baena, en unión de los cuales pudo haber ido para tomar parte en aquellas obras.

Nosotros creemos muy posible que Bermejo fuese recomendado por los monjes del convento de San Jerónimo, de Córdoba, á sus colegas de Cataluña, por tratarse de un excelente artista, que bien pudo trabajar con éxito en el monasterio cordobés, á pesar de que ningún escritor lo mencionen, como Pacheco, Palomino, Ponz ni Cean Bermúdez, ni Pablo de Céspedes, que al hablar de Alejo Fernández, dice que en Sevilla hizo muchas obras y en Córdoba, en el monasterio de San Jerónimo, el retablo grande y otros pequeños.

La circunstancia de que en aquella época los pintores no firmaban todas sus obras, y entre ellos había mucha semejanza, que solamente por un detenido y concienzudo examen de los mismos puede llegarse á veces á una aproximada filiación artística, ha dado lugar siempre, y mucho más en anteriores centurias, en que nuestros pintores primitivos no eran tan apreciados como en la actualidad, á erróneas clasificaciones con muchísima frecuencia, pasando por anónimos cuadros de autor reconocido, bien atribuyendo á determinados pintores obras de artistas más modestos ó bien catalogando por obras flamencas ó alemanas otras genuinamente españolas.


Sólo así puede explicarse porqué en Córdoba, donde debe suponerse que residiera algún tiempo Bartolomé Bermejo y pintara algunos cuadros, no hayan sido mencionados por aquellos doctos.

En el Museo provincial de Pinturas de Córdoba que tengo á mi cargo, llaman mucho la atención de los inteligentes un hermoso retablo de últimos del siglo XV, procedente del Hospital de Antón Cabrera, y un cuadro en lienzo, al parecer de principios del XVI, expuestos al público hace poco tiempo. Mide el retablo, pintado al temple, tres metros de alto por dos y medio de ancho, dividido en tres partes. La del centro, ó sea la principal, es mayor y en ella se representa á Cristo amarrado á la columna azotado por dos sayones, uno de los cuales le tiene asido por el cabello, viéndose á sus pies una corona de espinas. En segundo término, á la derecha, apoyado en un antepecho cubierto por una colgadura negra, un hombre contempla la flagelación, y sobre fondo de paisaje destácanse en último término las arcadas de un templo y cinco figuras que, asomadas á una terraza, miran con extraña curiosidad y una de ellas señala hacia un portal, en cuyo interior se ve á San Pedro sentado calentándose en una chimenea y con el rostro vuelto mirando á dos figuras de mujer que parecen interrogarle; completando este grupo el simbólico gallo que aparece en la penumbra. Las otros dos partes del retablo son más pequeñas y estrechas y están divididas en cuatro rectángulos, con las figuras de cuerpo entero, tamaño académico, de San Juan Evangelista, San Antonio de Padua, San Antonio Abad y San Francisco de Asís sobre fondos de bellos y variados paisajes.

Desde que tuve ocasión de admirar la hermosa tabla de La Piedad en Barcelona, siempre he creído recordar los muchos puntos de contacto que tiene la figura yacente de Cristo con el de La flagelación que se conserva en el Museo de Córdoba.

Ante la imposibilidad de hacer por ahora una buena reproducción fotográfica de este retablo interesante, á pesar de haberse intentado muchas veces sin éxito, por las malas condiciones de luz en que se encuentra y por la pátina amarilla antifotogénica que lo recubre, nos limitamos á dar á conocer por hoy lo que á continuación publicamos y como detalle, la reproducción de la cabeza del Cristo y parte del torso, aunque no dé idea exacta del original. No obstante, por ella podrá apreciarse el muchísimo parecido que tiene con algunas de las Santas Faces atribuidas á Bermejo. La expresión de amargura y dolor en sus demacradas facciones; la doblez del párpado superior tan característica, al parecer, en los santos rostros del pintor cordobés; la boca entreabierta; los pómulos bastantes pronunciados y su estilo en general denotan gran semejanza con aquéllas.

El segundo cuadro, que también ha sido muy difícil reproducirlo, mide un metro cincuenta centímetros de ancho por dos metros de alto y tiene la particularidad de estar pintado al óleo sobre un lienzo sujeto á un bastidor de madera; su asunto es también Cristo amarrado á la columna^ con San Pedro y tres figuras más en actitud orante, pintadas con mucha delicadeza y gusto. El Cristo, de dibujo vigoroso, es semejante al de La Flagelación', y el capitel y cimacio de la columna son exactamente iguales á los del retablo, diferenciándose la basa exornada con tracerías mudejares. Y al comparar ambas composiciones anónimas se ve que pertenecen á una misma escuela y que el autor del lienzo lo es también del mencionado retablo.

¿Podrán ser estas pinturas de Bartolomé Bermejo? ¿Serían ejecutadas á su vuelta de Barcelona y hasta ahora hayan permanecido ignoradas?

Nosotros, desde que las instalamos en el Museo, siempre hemos abrigado tal creencia, la cual nos ha sido confirmada verbalmente por el reputado crítico francés Emile Bertaux en una visita reciente que ha hecho á este establecimiento.

Según este notable escritor, tan competente en esta clase de estudios, no hay duda de que el autor de La Piedad, de Barcelona, es el mismo del retablo y lienzo que se conservan en Córdoba.

No hace mucho también que el distinguido Catedrático de la Universidad Central, D. Elias Tormo, antedichas obras, comprendiendo su gran importancia , me excitó á darlas á conocer, como al fin he decidido hacerlo en esta ilustrada Revista. Y ojalá que al publicarlas puedan servir á la crítica para aportar algunos datos más á la historia de la pintura primitiva española, de la que fueron tan ilustres campeones los cordobeses Pedro de Córdoba y Bartolomé Bermejo.


Enrique ROMERO DE TORRES.
Córdoba, Septiembre de 1907.
Boletín de la Sociedad Española de Excursiones. 1908
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