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Aunque un dicho gallego reza que “haberlas haylas” a mí me cuesta mucho pensar que todas esas historias fantásticas y milagreras tengan algo de verdad. Más si pensamos en qué época nacen todas estas historietas. Con una Inquisición que construye sobre la mentira sus acusaciones, en muchos casos con fines que nada tienen que ver con la limpieza étnica y religiosa que pretenden. Unos tiempos oscuros donde la ignorancia es el caldo perfecto para expandir bulos y falsedades que excitan a las turbas a encender los quemaderos del santo oficio, como hoy se enciende las gradas de los estadios.

El caso es que actualmente, en el siglo de la ciencia y la tecnología, los bulos brujeriles, alentados por dudosos programas de divulgación pseudocientíficos, y por empresas que aprovechan el tirón para hacer algunas monedas. Brujería que curiosamente recae siempre sobre las mujeres.

No es Córdoba una ciudad especialmente rica en episodios de brujería, pero haberlos haylos!, y curiosamente es nuestro barrio el que concentra la mayor parte de estos sucesos. El Barrio de Santiago es una zona de Córdoba especialmente sensible a actos de purga y venganza desde su conquista. Y quizás por eso es el lugar elegido para escenario de posibles aquelarres.

La primera ocupación conflictiva y que acabaría en tragedia fue con la conquista de Córdoba por Fernando III en 1236, este agradeció la ayuda templaria entregándoles diversas posesiones. En la Ajerquía obtuvieron la mezquita de Amir Hisham y las casas anejas, sobre las que construyeron su convento e iglesia, que aprovecha como campanario el antiguo alminar. En el templo, hoy Iglesia de Santiago, veneraron los templarios la imagen de Nuestra Señora de la Blanca.

Para el mantenimiento de sus casa recibieron un cortijo entre el vecino monasterio de los Santos Mártires Asciclo y Victoria y el santuario de Nuestra señora de la Fuensanta a orillas del Guadalquivir. Toda esta zona, que incluye la calle de viento10, fue llamada entonces Barrio del Temple. Parece también que el Temple fue el encargado de controlar y custodiar el extremo sur del puente romano mediante la Torre de la Calahorra, en cuyas aspilleras figura la cruz templaria. También el Temple tenía en posesión el Castillo de Almodóvar y el de Castro del Río, por lo que podemos decir que controlaban todos los accesos a la ciudad de Córdoba.

Tanto poder llegaron a tener que al final, y por mediación del rey de Francia que les debía lo que no podía ni pagar, estos fueron prohibidos por la Iglesia, perseguidos y asesinados hasta su exterminio en 1310. Cuento todo esto para que veáis hasta que punto podían ser arbitrarias y falsas las acusaciones que llevaban al cadalso a órdenes religiosas y brujas.

Y porque además en las proximidades del Barrio del Temple estuvo la plazuela llamada del Panderete de la Brujas, un ensanche aún existente en la calle Ravé, seguramente por ser el sitio donde preferentemente habitaban. Cuenta Ramírez de Arellano en sus Paseos por Córdoba de 1873, que cierta noche en unión de varios amigos, visitó allí a una echadora de cartas, supervivencia de brujerías y a quien esperaban en cola en el zaguán del portal una porción de personas que iban a consultarle.

La última de las brujas de esta calle de Siete Revueltas parece que fue Catalina Salazar, natural de Aguilar que por auto celebrado en Córdoba en diciembre de 1625, la pasearon penitente montada en un borriquillo con soga al cuello y coroza y le dieron 100 azotes.

En su declaración manifestó que conjuraba al demonio con los siguientes versos:

“Yo te juro, por tizón y por carbón,

y por cuantos diablos con él son,

y por el diablo Cojuelo,

para que con pronto vuelo

me traigas a Bartolomé.

Venga, venga

y no se detenga

por el aire como torbellino,

sin que encuentre tropiezo en el camino.”


La brujería cordobesa pasó a ser conocida a través del universal Cervantes, quien en su obra “El Coloquio de los perros” hace una constante alusión a la misma. También estos textos dejan claro que la posible brujería que en Córdoba hubo, no era natural de la ciudad sino que fueron “importadas” mayormente de Montilla y Aguilar de la Frontera, que al parecer es zona telúrica en estos menesteres, aparte de dar el mejor vino de la región, que quizás también sea magia.

Sobre la famosa Camacha (Leonor Rodríguez), bruja de Montilla procesada por el Santo Oficio Cordobés por tener fama de poseer poderes especiales. Entre los poderes que se le atribuían y que recoge Cervantes en su obra se contaban los de oscurecer el sol, transportar hombres de un lugar a otro del mundo, madurar trigo en Enero, convertir hombres en animales y un sinfín de poderes delirantes.

Como castigo, al igual que un buen puñado de “brujas” de estos dos pueblos cordobeses, la Camacha fue desterrada durante diez años, teniendo que servir durante los dos primeros en un hospital de Córdoba. Teniendo en cuenta que el Barrio del Temple (hoy nuestro barrio de Santiago) era la zona con mayor concentración de hospitales de la ciudad, es muy probable que todas estas mujeres acabaran residiendo aquí.

Así amigos, que si sois de los que no se pierden un capítulo de Cuarto Milenio y os gustan todas estas cosas de brujas y aquelarres, cuando vengáis a Córdoba sabed que nosotros estamos en la zona cero del encantamiento.

Mapa con las ubicaciones de los lugares citados en el texto.


 

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