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Quizás porque son los dos extremos de Europa que plantan cara a Napoleón y lo derrotan, y tal vez porque esa división de los ejércitos napoleónicos en dos frentes, sea causa importante de ambas derrotas. Este parece ser el motivo por el cual en el siglo XIX la cultura rusa mira con interés y curiosidad a un pequeño, lejano y desconocido país: España.

Los temas de raíz española se fueron abriendo camino entre los lectores rusos, en especial con la aparición de las primeras traducciones de El Quijote, Lope de Vega o de las obras de inspiración española de autores franceses como Merimée. Se comienza la compra de pintura española en el Ermitage y se contratan compañías de danza española como las exitosas giras de la española nacida en Francia, Pauline Viardot, la cantante lírica extranjera más querida por el público ruso. La música también cae bajo el influjo de lo español. El paso de Rimski-Kórsakov por Cádiz, dejarían obras en el repertorio ruso como las «Oberturas españolas» o «Capricho español».

En este escenario de filia por España, aparece nuestro personaje. Vasili Petróvich Botkin  (1811-1869), un importador de té, con una increíble facilidad para los idiomas, y gran viajero apodado «El andaluz de Maroseika» por sus amigos rusos.

Botkin disecciona las faltas de una nación con cierto atraso, ociosa, pero de gran dignidad, que hiciera bien, en sus palabras, de no querer copiar a Europa, sino todo lo contrario: «¡Ay!, si los españoles pudieran, a cambio de aquello que copian tan torpemente de Europa, transmitirle un poco de su alegría tímida, bondadosa, despreocupada, de la cual Europa no tiene ni la menor idea».

Botkin escribe una de las obras sobre España que más impacto causó en la sociedad rusa de su tiempo. Botkin estuvo en España en 1845 y pasó aquí unos tres meses. Su obra “Cartas sobre España” aparecida en San Petersburgo en 1857 fue publicándose en revistas en forma de diversos artículos.

En su recorrido  español, Botkin pasó por muchas ciudades del norte y del sur,  aunque el mayor peso recae en las descripciones de seis ciudades españolas: Madrid, Córdoba, Sevilla, Cádiz, Málaga y Granada. Lo cual muestra la fascinación que especialmente le produjo Andalucía.

“Cartas sobre España” aparte de las descripciones de las ciudades, contiene comentarios y juicios de valor, que hoy 160 años después, sorprenden por su vigencia.

Lo que más admira Botkin de nuestro país es:
“el hombre del pueblo, con su extraordinario sentido común, su claridad de ideas, la soltura y libertad con que se expresa”.

Sobre la política opina:
«Hay que ver qué es para el español su gobierno y con qué desprecio habla de él. (…) para el español resulta oscuro el concepto de la unidad estatal y el de la igualdad de derechos y de obligaciones. Cataluña y las provincias vascongadas consideran hasta ahora al ámbito constitucional como a un despotismo. “Nos va bien, y a vosotros, mal”, dicen ellos a los españoles, “queréis privarnos de la abundancia y obligarnos a compartir con vosotros vuestra pobreza”»

Sobre los españoles:
«La belleza de España ha entrado hace tiempo en los refranes. Desde hace mucho tiempo los poetas cantan sus naranjales y limonares… ¡Pero, ay! Esto también constituye uno de los equívocos existentes a cuenta de España. (…) Probablemente en este suelo fértil podrían crecer también la encina, el tilo y el castaño. En España la riqueza yace a los pies del hombre, solamente es preciso inclinarse a por ella; pero los españoles aún no aman inclinarse».
De este estado de tristeza y atraso culpa a “un pasado en el que prevaleció el desgobierno, una administración caprichosa y poco dada a la preocupación por el interés general.”

Y sobre la relación de España con el resto de Europa:
«¡Ay!, si los españoles pudieran, a cambio de aquello que copian tan torpemente de Europa, transmitirle un poco de su alegría tímida, bondadosa, despreocupada, de la cual Europa no tiene ni la menor idea». Para él España es el «refugio para la gente a quien le aburre Europa».

Y por fin llegamos a la descripción que Vasili Petróvich Botkin hace de Córdoba después de pasar unos días de sofocante verano en ella.


CÓRDOBA (Fragmento)

“Córdoba es una ciudad totalmente mauritana. Unas casas blancas poco altas, sin balcones ni ventanas, las calles estrechas y serpenteantes, por las cuales uno pasa prácticamente entre dos muros, no hay ventanas, solamente puertas. Si una puerta está abierta, uno se detiene sin querer y no puede dejar de mirar.


No hay jardines en la ciudad y no se encuentra vegetación por ninguna parte; en algún lugar, a decir verdad, detrás del muro blanco se eleva la cima de una palmera; en este desierto diurno, en el silencio y la uniformidad de las calles, ¡qué belleza y melancolía destaca en este pico de la palmera sobre un cielo azul fuerte absolutamente puro y sobre la blancura impoluta de las casas!


Nada aquí recuerda los hábitos y las costumbres europeos. Cada puerta abierta por el azar descubre un jardín encantador: aquí hay naranjos y flores raras; generalmente está rodeado por un muro alto detrás del cual se esconde toda la vegetación. Detrás del jardín hay un pequeño patio cuadrado; las finas columnas mauritanas de mármol multicolor soportan los plafones árabes de la galería que lo rodea, a la cual dan las ventanas y las puertas de las estancias; en medio, murmura un chorro de agua en una fuente de mármol. El techo de este patio puede estar formado por parras, cuyo follaje tupido no deja pasar los rayos de sol, o puede ser una lona.

La familia siempre está sentada en este patio donde hace fresco. ¡Andando por las calles, con sus casas y sus muros altos y seguidos, de repente uno se encuentra con una puerta abierta y le es imposible dejar de mirar en su interior! Un habitante de Córdoba, a quien conocí en un café, me introdujo en ciertas casas ricas: algunas tenían dos jardines de árboles frutales y de flores. A su amabilidad le debo la visita a unas cuadras espléndidas. Se sabe que Córdoba es famosa por sus caballos andaluces. ¡Qué animal tan hermoso y noble! Los caballos andaluces se desarrollan muy lentamente y no adquieren toda su fuerza antes de su séptimo año, pero, en compensación, la conservan durante mucho tiempo: aquí, los caballos de veinte años con frecuencia son robustos y fogosos.

(...)

En Córdoba, como en sus alrededores, se encuentran constantemente jóvenes a caballo; su rostro generalmente es de color café con leche sin huella de carmín, sus ojos son negros y brillantes, su talle es flexible, sus movimientos son rápidos y ligeros; la elegancia de su traje sorprende aún más, ya que aquí, en todo, salvo la vestimenta, reina la dejadez y la negligencia.


Estos majos (dandies) a caballo son un regalo para los ojos. La cabeza y las crines del caballo generalmente están adornadas con lazos del mismo color que la chaqueta del jinete; la silla y el estribo son orientales; el jinete lleva una chaqueta de color, bordada de arabescos, un pantalón corto, ceñido, azul o marrón, con muchos botones metálicos sobre las costuras laterales; unas polainas que suben hasta las rodillas, bordados con arabescos de seda, atados por arriba y por debajo de las pantorrillas con flecos, y van abiertos en el centro para dejar ver el fino calcetín blanco. Sobre la oreja, un sombrero bajo de ala doblada.

Probablemente hablé más de una vez acerca del traje andaluz: a pesar de su forma muy usual, es extremadamente variado, cada uno lo adapta a su fantasía. Al lado de este caballero elegante, junto a un pórtico mauritano, encima del cual una palmera extendía sus ramas, unos cuantos mendigos en harapos se escondían del sol y miraban al extranjero viajante con un orgullo lleno de nobleza. No sé cómo vive esta gente, pero de todos los mendigos del mundo, el español es el menos importuno y jamás pierde su dignidad.

(...)


Este libro ha sido recientemente traducido al castellano por Ediciones Miraguano.
http://www.miraguano-sa.es/Shop/Product/Details/1092_cartas-sobre-espana

 

 

 

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